Proclama de las provincias Río de la Plata a los portugueses americanos. 1811

En nombre de la América os hablamos. Condenada por 300 años a la infamia, hemos sido sus hijos mirados con desprecio, vejados por la codicia, y encorvados bajo el yugo de los déspotas más intratables. La menor sospecha de infidelidad ha hecho correr arroyos de sangre; la inocencia, siempre sospechosa sino comparecía temblando, ha sido precipitada a los calabozos, y condenada a no ver la luz del día. Mientras que los reyes déspotas se entretenían con los ministros de sus placeres en la blandura, el fausto, y el desorden a costa de los copiosos tributos, con que nos esclavizaban, nosotros tratados como esclavos hemos sido la presa de la más vergonzosa miseria. Mil veces se les había advertido, que prefiriesen el bien público a sus perros, a sus caballos, a sus rufianes, pero todo inútilmente.
El despotismo como un fuego devorador ha quemado nuestros campos, y saqueado de las entrañas de la tierra el oro, y el diamante por medio de nuestro mismo trabajo. Los hombres temían engendrar hijos por no hacer infelices. Las naciones enteras se aniquilaron, y las Provincias quedaron reducidas a desiertos. Portugueses, ved aquel cuadro de nuestras miserias pasadas, y el de las que vosotros aún sufrís. Por un esfuerzo magnánimo rompimos ya nuestras cadenas; pero la calidad de hermanos nuestros nos hace sentir el peso de las vuestras. Si sois sensibles a la vergüenza, o si juzgáis, que os pertenece la vida, armaos de vuestro coraje, supuesto, que no tenéis, que esperar vuestros amos. ¿Podemos imaginarnos, que derramaréis vuestra sangre a favor de vuestros tiranos? Sólo el temor os detiene; pero ¿qué puede esta pasión sobre corazones magnánimos? Romped de una vez esa atadura frágil. Donde el temor acabe empezará la rabia, y unidos a la América libre seréis con nosotros invencibles. De lo contrario temed las maldiciones de la patria y de toda una posteridad.