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Retorno de Luis XVI y su familia, tras su captura. Testimonio del diputado Pétion. 24 de Junio de 1971

Jérome Pétion, autor de este testimonio, era un republicano revolucionario a quien se encomendó la tarea de conducir de regreso a la familia real, tras su intento de fuga de Francia. Sus posiciones dentro de la izquierda republicana lo acercaron a los jacobinos y entabló vínculos cercanos con Robespierre. Finalmente se enemistó con él, se acercó a los girondinos y en 1794 se suicidó.   

Por la discreción y el secreto que durante todo el trayecto emplearon conmigo los compañeros de viaje, hablamos únicamente de cosas indiferentes (…). Habíamos puesto de nuevo sobre el tapete el tema de lo que haríamos con el Rey. “La decisión es muy difícil”, dijo Maubourg [otro diputado enviado a buscar al Rey). “Es una bestia que se dejó llevar. Un infeliz. Realmente da lástima”. Barnave [un tercer diputado] observó que, efectivamente, podía ser considerado como un imbécil. “¿Usted qué opina, Pétion?”, me dijo (…)
Respondí, no obstante, que no rechazaba la idea de tratarlo como a un imbécil, incapaz de ocupar el trono, que necesitaba un tutor; y que ese tutor podía ser un consejo nacional. Se sucedieron las objeciones, respuestas, réplicas. Hablamos de la regencia, de la dificultad de elegir un regente. (…)
Los corres se multiplicaban, se apresuraban, nos decían: “Se acerca el Rey”. A una legua, o legua y media, de Epernay (…) vimos a lo lejos una nube de polvo. Oímos un gran alboroto. Varias personas se acercaron a nuestro coche. “¡El Rey!”, nos gritaron. (…) Bajamos del coche. El vehículo del Rey se detuvo. Marchamos a su encuentro. El ujier nos precedía; se cumplió el ceremonial de forma imponente. Cuando el público nos distinguió, comenzó a gritar: “¡Ahí vienen los diputados del a Asamblea Nacional!” (…)
Pétion (1756-1794)

Llegamos al coche caminando entre los caballos y acompañados por el entrechocar de las armas y los aplausos de la multitud a la que arrebataba el entusiasmo y alteraba el temor de atropellarnos. Inmediatamente se abrió la portezuela. Del interior del vehículo salieron ruidos confusos. La Reina y la señora Elizabeth (la institutriz de los príncipes) parecían estar sumamente emocionadas, llorosas. (…) “oh, señor…” me dijo la señora Elizabeth, apoyando solamente su mano sobre la mía, “que no pase ninguna desgracia, que no sean víctimas las personas que nos acompañaron, que no se atente contra sus vidas… El Rey no quiso salir de Francia”, “No señores”, dijo el Rey hablando con desparpajo, “yo no iba a salir. Lo he dicho, es cierto”. (…)
Segumos avanzando tranquilamente.
La Reina, que estaba a mi lado, me dirigió frecuentemente la palabra, y yo tuve ocasión de expresarle con toda franqueza lo que pensaba de la Corte y de lo que se hablaba sobre los intrigantes que frecuentaban el castillo.
Hablamos de la Asamblea Nacional, de la izquierda y la derecha; pero con esa desenvoltura que suele usarse entre amigos. No me reprimí de ningún modo. Le comuniqué varios rumores que circulaban incesantemente en la Corte y que al hacerse públicos indisponían mucho al pueblo. Mencioné los diarios que leía el Rey. El Rey, que escuchaba perfectamente la conversación, me dijo: “Le aseguro que leo El Amigo del Rey [periódico realidtas] tanto como Marat [Periodista de izquierda]”
La Reina parecía muy interesada en la discusión. Se excitaba, se animaba, hacía reflexiones bastante finas y bastante mordaces.
“Todo está muy bien”, me dijo; “se culpa al rey ignorando la posición en que se encuentra. A cada instante le hacen relatos que se contradicen; él no sabe cuál creer. Le dan sucesivamente consejos que se cruzan y se destruyen; él no sabe qué hacer. Lo hacen desgraciado, volviendo su posición insostenible. No hacen más que hablarle, al mismo tiempo, de desdichas particulares, de muertes. Todo eso fue lo que lo decidió a abandonar París, su capital. Tiene la corona –agregó- suspendida sobre la cabeza. Usted ignora que hay un partido que no quiere al Rey, y ese partido crece todos los días”. (…)
Cuando un poco más allá de Pantín vino a reunirse con nosotros la Guardia Nacional de a pie, hubo un desorden que amenazó traer consecuencias.
Los granaderos hicieron retroceder a los caballos, los soldados montados se resistieron, los cazadores se unieron a los granaderos para alejar a la caballería. La  disputa se volvió acalorada; volaron los epítetos injuriosos. La refriega amenazaba degenerar en batalla. Las bayonetas pasaban frente a las ventanillas abiertas del coche. En medio del tumulto algún malintencionado podía lanzar una cuchillada a la Reina. Vi algunos soldados que parecían muy irritados y le miraban iracundos. No tardaron en lanzarle apóstrofes “La P…”, gritaron los más acalarodados. “Es inútil que nos muestre a su hijo; ya sabemos que no es de él”. El Rey escuchó claramente esta frase.

Petión, “Memorias”, en Pernoud, & Flaissier, La Revolución Francesa


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