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Discurso de Bartolomé Mitre en 1874, luego de las elecciones en que fue derrotado.

Señores: estamos en un momento de expectación solemne como si de la urna electoral hubiese de salir el fallo de nuestros destinos. En cuanto a mí, estoy tranquilo. Yo sé ya quién es el verdadero triunfador, y creo ser el intérprete fiel de todos al proclamar en alta voz quién será ese triunfador y quién debe serlo. (Aplausos y vivas.)
Todo puede ponerse en duda en este momento, todo, menos el sentimiento público del pueblo de Buenos Aires, y menos los grandes destinos que espera a nuestra patria.
El pueblo de Buenos Aires ha expresado su sentimiento por medio del voto libre y espontáneo en los comicios públicos, y lo expresa en este momento al celebrar su triunfo pacífico. Quiere la nacionalidad que él ayudó a consolidar; quiere la paz fecunda del trabajo; quiere la unión de los pueblos hermanos sin antagonismo; quiere la libertad y la pureza del sufragio, y quiere sobre todo la verdad de la República, por la práctica leal y sincera de las instituciones que nos rigen. (Aplausos)
Esto quiere el pueblo de Buenos Aires, y esto es lo que triunfará.
Ahora, cualquiera que sea el nombre que salga de la urna electoral, y cualquiera que sea el hombre elegido para gobernarle, todos sabemos que los destinos de la República Argentina en el presente y el futuro no están simbolizados por un nombre; no dependen de la voluntad ni de la inteligencia de un hombre, y que a través de los tiempos está llamada a recorrer triunfante su camino, haciendo prevalecer los grandes principios de la democracia. (Vivas y aplausos.)
Si los candidatos cuyos nombres se han inscrito en las banderas electorales, desapareciesen de la escena de este mundo, si todos los que han tomado parte en esta lucha de opinión bajasen hoy al sepulcro, a todos nos asiste la fe de que lo único inmortal en medio de nuestras luchas es el pueblo argentino, que se perpetuará en nuestros hijos, y que cuando todos desapareciesen renacería de nuestras cenizas. (Grandes aplausos.)
Con esta seguridad, con estos sentimientos, con esta fe robusta en el alma, yo os pido me acompañéis a dar un viva a todas las provincias del pueblo argentino, a todas sin excepción, desde Corrientes a Jujuy, desde los Andes hasta el Chaco, saludándolas y ofreciéndolas su concurso, así a las que nos han acompañado con el voto de la mayoría, como a las que en minoría han luchado con valor cívico en el terreno de la ley. (Aplausos.)
Señores: ¡vivan las provincias unidas del Río de la Plata, verdaderamente unidas! Y ¡viva Buenos Aires su invencible cabeza de columna en las luchas de la libertad argentina! (Aplausos prolongados.)
Fuente: Bartolomé Mitre, Arengas, Buenos Aires, Editor Carlos Casavalle, 1889.

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Grand Bourg, cerca de París, 5 de Agosto de 1838. Exmo. Sr. Capitán General Juan Manuel de Rosas. Muy señor mío y respetable general: Separado voluntariamente de todo mando público, el año 23, y retirado en mi chacra de Mendoza, siguiendo por inclinación una vida retirada, creía que este sistema, y más que todo, mi vida pública en el espacio de diez años, me pondrían á cubierto con mis compatriotas de toda idea de ambición á ninguna especie de mando ; me equivoqué en mi cálculo á los, dos meses de mi llegada á Mendoza, el gobierno que, en aquella época, mandaba en Buenos Aires, no sólo me formó un bloqueo de espías, entre ellos á uno de mis sirvientes, sino que me hizo una guerra poco noble en los papeles públicos de su devoción, tratando al mismo tiempo de, hacerme sospechoso á los demás gobiernos de las provincias; por otra parte, los de la oposición, hombres á quienes en general no conocía ni aun de vista, hacían circular la absurda idea que mi regreso del Perú no tenía ot…

Carta de Pueyrredón a San Martín. 2 de Noviembre de 1816

“A más de las cuatrocientas frazadas remitidas de Córdoba van ahora quinientos ponchos, únicos que he podido encontrar... Está dada la orden para que le remitan a usted las 100 arrobas de charqui que me pide, para mediados de diciembre se hará. [...] Van los despachos de los oficiales. Van los vestuarios pedidos y muchas camisas. Si por casualidad faltasen de Córdoba las frazadas, recurra usted al vecindario: no hay casa que no pueda desprenderse, sin perjuicio, de una manta vieja: es menester pordiosear cuando no hay otro remedio. Van 400 recados. Van hoy por correo, en un cajón, los dos únicos clarines que se han encontrado. Van los 2000 sables de repuesto que me pide. Van 200 tiendas de campaña o pabellones. Y no hay más. Va el mundo. Va el demonio. Va la carne. Y no sé yo cómo me irá con las trampas en que quedo para pagarlo todo o bien que entrando en quiebra, me voy yo también para que usted me dé algo del charqui que le mando. ¡Y qué caray! No me vuelva a pedir más, si no quier…

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¿El principio de causalidad demuestra la existencia de Dios?

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La democracia según Aristóteles

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