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Crónica de Jean de Venette. Año 1358

Este segundo extracto de la crónica de Jean de Venette correspondiente al año 1358, describe los sucesos de la jacquerie, revuelta campesina que hizo temblar a la nobleza de toda Francia. Es, sin duda, un antecedente directo de la Revolución Francesa y tiene puntos en común con el llamado gran miedo de 1789. Los campesinos rebeldes de la Jacquerie, fueron arrebatados por la suma de injusticias y desquitaron su ira con la nobleza. Sin embargo, como se sabe, no contemplaban ni conocían una alternativa. Su objetivo era matar a los nobles que habían abusado de su condición, no al feudalismo. En 1789 la violencia contra la nobleza tuvo muchos puntos en común con la Jacquerie, sin embargo el desenlace sería distinto porque un tercer actor conciente, la burguesía, intervendría para aniquilar al feudalismo. Allí reside la diferencia entre la rebeldía del siglo XIV y la revolución de 1789.



Mientras que estas ciudades y la ciudad de París eran tan maltratadas y poco defendidas, ocurrió cerca de París, alfo que nunca se había oído antes. En el verano de ese mismo año, 1358, los campesinos que vivían cerca de Saint-Lau-D´Essérant y Clermont en la diócesis de Beauvais, al ver los males y la opresión que se les infligía por todas partes y al ver que los nobles no les ofrecían protección alguna sino que por el contrario los oprimían tanto como a sus enemigos, se levantaron y tomaron las armas contra los nobles de Francia. Se reunieron en gran número y nombraron jefe a Guillaume Cale, un astuto campesino de la ciudad de Mello. Luego, avanzando con sus armas y pendones saquearon la campaña. Mataron, degollaron y asesinaron sin piedad a todos los nobles que pudieron encontrar, aún a sus propios señores. No sólo eso: derribaron las casas y fortalezas de los nobles y lo que es más lamentable aún, tomaron a las nobles damas y a sus pequeños hijos a los que dieron una muerte atroz. Así, destruyeron el castillo de Ermenonville, que era el más fuerte de Francia, y mataron a muchos hombres y mujeres nobles que se habían escondido allí. La fuerza de esta desdichada revuelta aumentó hasta tal punto que llegó a París. Los nobles no se atrevían a salir de sus fortalezas porque, de ser vistos por los campesinos o de haber caído en sus manos, hubiesen sido muertos o se hubiesen escapado sólo después de una ardua pelea. El número de campesinos ansiosos de aniquilar a los nobles y a sus mujeres e hijos y de destruir mansiones aumentó hasta llegar a cinco mil. Por eso los nobles se mantenían recluidos y no salían como antes. Pero este problema monstruoso no duró mucho. Porque, como los campesinos habían comenzado esto por su propia cuenta, y no por Dios o la debida autoridad de un señor, todos sus deseos fracasaron de improviso. Aquellos que habían comenzado, como creían, por un deseo de justicia, ya que sus señores no los defendía sino que los oprimían, comenzaron a cometer actos viles y execrables. Se dice que vejaron a nobles damas haciéndolas victimas de su vil concupiscencia, asesinaron a sus inocentes hijos, como ya he dicho, y se llevaron todo lo que podían encontrar, con lo que se vistieron ellos mismos y sus esposas lujosamente. Lo que se había hecho con tanta malignidad no podía durar mucho, ni tampoco era apropiado que así fuera. Al darse cuenta de esto, los nobles comenzaron a unirse poco a poco contra los campesinos con la precaución propia de los hombres de armas. Así, el rey de Navarra llamó a algunos de los jefes de los campesinos que estaban desprevenidos y los mató. Después que éstos fueron muertos, el rey y sus hombres con el conde de Sant-Pol, se arrojaron sobre muchos campesinos que no estaban prontos para defenderse, cerca de Mountdidier, y los asesinaron con sus espadas. De este modo toda su necia revuelta e injusta preoponderancia se desvanecieron y terminaron. Y esta insensata actitud recibió su castigo, porque los caballeros y los nobles recuperaron su poder y, deseosos de venganza, unieron sus fuerzas. Destruyeron muchas aldeas de la campaña y a la mayoría las incendiaron y asesinaron miserablemente a todos sus campesinos; no solo a aquellos que creían les habían hecho daño, sino a todos los que encontraban, aunque estuviesen en sus casas o cultivando sus viñas y campos. Verberie, La Croix-Saint-Ouen, cerca de Campiègne, Ressons y muchas otras aldeas de campaña que no he visto y que no anoto aquí, lamentaron su destrucción por el fuego. 

1358

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