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Conflicto Social a comienzos del siglo XX. Discurso de Monseñor De Andrea. 16 de Abril de 1922

(M. De Andrea. 1877-1960)
Mi palabra va a versar según me lo piden, sobre algo concerniente al estado social contemporáneo, a este malestar, a esta inquietud, a este estado casi permanente de luchas sociales. Algunos dicen, como exponía yo, que el malestar social es debido a las desigualdades de orden económico existente.
Basta un brevísimo análisis para darse cuenta de que esta causa puede contribuir, puede ser un factor, pero no es la causa suficiente para explicar por sí sola el malestar social contemporáneo. Estudiando la historia de la humanidad vemos que en todos los pueblos han existido siempre pobres y ricos, vemos que en todos esos pueblos esas riquezas han venido perpetuándose en virtud de la herencia, que todos esos pueblos han admitido de hecho la existencia de la desigualdad económica entre los hombres por la sencilla razón de que debían admitir la desigualdad intelectual y física. […]
¡Oh! El mal está mucho más hondo. Hay que dirigir una mirada mucho más profunda a la esencia misma del organismo humano. ¿Será entonces también la causa de orden moral? ¿Será el veneno de la ambición? Ya nos vamos acercando a la verdad. Y aún todavía no aparece completa. La ambición verdadera supone que el hombre cree tener derecho a algo que actualmente no posee. Por lo tanto, la ambición capaz de engendrar la lucha social es aquella que se funda en el concepto que se tiene del propio derecho y del deber ajeno. Depende, por lo tanto, del concepto que el hombre tiene formado de la vida, depende del concepto que tiene formado de la naturaleza humana.
De consiguiente, la ambición capaz de engendrar la lucha social no es simplemente la envidia, no nace simplemente en el corazón, en la voluntad, no; nace en la inteligencia, es decir, en la región donde se forman los conceptos del hombre. Naturalmente si vosotros creéis en vuestro origen y destino ultraterrenos, si estáis convencidos de que en este mundo es imposible llegar a satisfacer todas las aspiraciones, pero que un mundo ulterior os está reservado para que satisfagáis en él la sed infinita de felicidad que os devora el alma, si estáis convencido de que no es vuestra conciencia el único juez de vuestros actos, sino que sobre ella hay un juez supremo de las conciencias, ante el cual no tiene nada que ver el cohecho ni el valimiento personal, entonces vosotros en bien de la comunidad cederéis más de una vez vuestro estricto derecho y seréis bastante indulgentes muchas veces, en la exigencia de los deberes que ligan a los otros hombres a vuestra persona. Mas si rechazáis todas esas creencias del alma, del orden moral, entonces, necesariamente, sentiréis la necesidad de satisfacer todas vuestras aspiraciones en esta vida, para que vuestra vida no resulte  incompleta, y aspiraréis a la dicha, os lanzaréis hacia ella, y siempre que otra persona os oponga su derecho, esos dos derechos, el vuestro, a vuestra dicha y el de vuestro contrario a la suya, entrarán inmediatamente en conflicto, tratarán de dominarse el uno sobre el otro y estallará, necesariamente, la lucha, tanto más terrible y tanto más tenaz, cuanto que ambos combatientes se considerarán fundados sobre igual derecho.
Ahora bien, consideremos otro orden de cosas; es evidente que si en una sociedad hay hombres de iguales condiciones económicas y de situaciones sociales semejantes, esa semejanza los unirá para la defensa y el desarrollo de sus intereses comunes.
Ahora bien, suponed que en esa misma sociedad, y ello es la realidad de lo que está pasando, hay hombres que venden su trabajo y hombres que lo compran, hombres que cobran su salario y hombres que lo pagan, hombres que ejercen en la producción un papel intelectual y dirigente y hombres que ejecutan una función manual y subordinada. Y entonces veréis vosotros cómo automáticamente esos hombres se van separando y se van polarizando alrededor de sus intereses comunes. Y ¿qué tendremos después? Tendremos lo siguiente: la suma de las ambiciones individuales de los hombres que dan, pero que aspiran siempre a dar lo menos posible, formará de un lado lo que algunos denominan la burguesía; y la suma de las ambiciones individuales de los hombres que reciben y que aspiran a recibir siempre lo más posible, formará de otro lado, aquello que denominan el proletariado. Y así surgen de las entrañas de la sociedad, las desigualdades económicas, más inevitables, porque son más naturales que las antiguas castas privilegiadas, y tanto más activas en la defensa de sus derechos, cuanto más frecuentes son los motivos de roce, y, entonces, formados esos dos grandes ejércitos, ¿cómo admirarnos de sus primeros encuentros y de sus primeras luchas? Luchas tan terribles algunas de ellas, que un sociólogo moderno ha podido denominarlas “canibalismo social”.
Ahora bueno es que nos preocupemos del remedio del mal, de este malestar, del cual sentimos, a veces, algunos paréntesis saludables, pero que no deben servir para ilusionarnos respecto a la conquista de una pacificación definitiva. Así como para la explicación del mal hay varios sistemas, así también para proporcionar el remedio y dar la solución, hay varias alternativas. Poco me entretendré en seguir a los filósofos. Seguiré directamente a mi Maestro, Cristo. […]
Yo creo que vosotros, cristianos, vais a gozar, como he gozado yo cuando he podido descubrir todas las maravillas que se encierran en aquellas páginas admirables del Evangelio que vulgarmente conocemos, con bastante superficialidad, con la simple denominación de los panes y de los  peces. Jesús ya ha hecho el examen de todos los sistemas incompletos y va a proponer, con el ejemplo y la palabra, el suyo, humano y divino a la vez. Lo primero que hace, después de haber atraído sobre sí la mirada de las turbas famélicas y las miradas de los discípulos que proponen soluciones, como ahora concentra las miradas del mundo, lo primero que hace, es levantar sus ojos divinos al cielo. ¡Al cielo! En la solución del problema deben entrar también factores morales: deben colaborar las virtudes y éstas no brotan de abajo, de la materia, como el azúcar o el vitriolo, sino de arriba, de Dios. Para establecer el equilibrio de los factores económicos se necesita el reinado de dos virtudes, virtud de justicia y de caridad. […]
He dicho justicia y caridad y a propósito dije primero justicia y luego caridad. Porque debo rechazar la inculpación infundada y pueril que nos hacen los adversarios, cuando nos dicen que nosotros predicamos la caridad con detrimento de la justicia. ¡Qué error! ¡La caridad es un detrimento de la justicia! ¡Pero si nosotros sostenemos que es imposible la caridad sin el previo reinado de la justicia! ¿Cómo puede pretender hacer caridad, el que empieza por faltar a la justicia? Justicia, justicia social, en el verdadero sentido de la palabra, y luego caridad para hacer efectivos los sacrificios que ello comporta. Justicia, pues, y caridad, y no habléis tampoco, diría a nuestros adversarios, contra la caridad, porque indicáis que no la conocéis; confundís la caridad con la limosna. La limosna puede ser el fruto de la caridad, pero no es la caridad. […] Y ahora, como dije, puede Jesús multiplicar. ¿Multiplicar, qué? Porque Jesús con la misma facilidad podía multiplicar, puesto que era Dios, unas cosas u otras, unos elementos u otros; levanta la diestra que crea y que conserva, que fecunda y vivifica, que desarrolla y que transfigura; levanta la diestra y bendice. ¿Acaso las monedas? Pudo bendecirlas también, porque era Dios, pero no bendijo las monedas. […] No bendijo, pues, Jesucristo ese valor convencional que se presta a tantos abusos, cuando equivoca su fin, y que va dejando un reguero de sangre en el mundo, como las monedas arrojadas por Judas. Bendijo el pan, el trabajo, el fruto honorable y regenerante del trabajo humano. Bendijo el trabajo. ¡Qué hermoso simbolismo! Dios bendice el trabajo honrado y venerable de los hombres, y por eso bendijo el pan y lo multiplicó, multiplicando las riquezas legítimas. Y como primero había depositado el germen de la Justicia y de la Caridad en el rico cristiano, vino el momento de la distribución equitativa de las reservas de las riquezas y toda la turba se alimentó sin que el rico padeciera detrimento, porque se recogió el sobrante y era mucho más de lo que antes poseía. Justicia y Caridad, pues, para que mediante ellas se llegue a la distribución equitativa de los beneficios en el mundo. He ahí la grande y la única solución cristiana. A ella tendemos, a ella vamos decididamente.

En Vida y Muerte de la República verdadera, Biblioteca del Pensamiento Argtentino, Tomo IV.  Tulio Halperín Donghi

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