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¿Cuál fue la causa de la crisis de 1929?


Existe una tendencia general a creer que la crisis de 1929 empezó como consecuencia del crack bursátil de Octubre de la bolsa de Wall Strett, el famoso jueves negro. Si googleaste “cómo comenzó la crisis de 1929” y llegaste hasta acá es porque te salteaste los primeros resultados de tu búsqueda, incluido el de Wikipedia. En la mayoría de ellos se afirma que la crisis empezó el jueves negro. Y eso no es del todo correcto. Es cierto, es más sencillo decir que un buen día de octubre de 1929 los accionistas y corredores de bolsa tuvieron un ataque de locura y, así como así, se dieron cuenta que la especulación financiera se les había ido de las manos y -también así como así- todos juntos salieron como adictos arrepentidos a deshacerse de sus acciones entonces pum, “he aquí la crisis”. Pero no, el asunto tiene raíces más profundas. La evidencia de la crisis se expresó catastróficamente el jueves negro, pero la caída del valor de las acciones no es la causa real de la crisis.

Todos los procesos históricos complejos son producto de una suma de causas. Las causas de la crisis de 1929 son también varias y de distinto índole. Lo peculiar de la crisis de 1929 es que fue producto de las mismas circunstancias que durante la década de 1920 habían generado expansión y un aparente bienestar. ¿Entonces cuáles son las causas?
La primera, y fundamental, es la sobreproducción. Durante la década de 1920 Estados Unidos se expandió, profundizó su industrialización, desarrolló nuevas empresas y vivió una etapa de bonanza. El desarrollo de automóviles y electrodomésticos se realizaba bajo el modelo taylorista/fordista que dividiendo y simplificando las tareas de los operarios incrementó los ritmos de producción y, en consecuencia, consiguió bajar el valor de los bienes. De ese modo, en una etapa de expansión, esos bienes a precios más accesibles fueron llegando a cada vez más demandantes. Las empresas industriales vivían una bonanza que, sin embargo, tenía un techo: Los bienes eran durables y la demanda se acabaría cuando el mercado estuviera satisfecho. La competencia entre empresas, bajo la lógica del mercado capitalista, las impulsaba a producir cada vez más en menos tiempo para derrotar a las otras empresas.  Es importante indicar aquí que los bienes producidos eran estandarizados, sencillos, sin líneas diferenciales y todos iguales. No existían variedades de productos como los que desarrolla la industria actual. Analizando la crisis a esta distancia nos parece evidente que en algún momento el negocio de las empresas se acabaría, pero no es lo mismo vivir la historia que estudiarla.
Como la competencia era quien guiaba las decisiones de los empresarios en algún momento se entendió que un buen mecanismo para capitalizar a las empresas (es decir, para que las empresas consiguieran capital para invertir, acelerar el proceso de producción y derrotar a la competencia) era ofrecer acciones en la bolsa. Los bancos norteamericanos empujaban esa expansión ofreciendo créditos (para viviendas, autos o, también para invertir en acciones) con una tasa de interés muy baja, de manera que una importante porción de la población se endeudó con bancos no solo para comprar su vivienda sino, también, para invertir en acciones. Era dinero fácil: Las empresas estaban creciendo e invertir en cualquiera de ellas parecía (era) la decisión más lógica del mundo ¿Quién no lo haría? El razonamiento podría ser así: Me endeudo con un banco, invierto en acciones, con las ganancias que obtengo de esas acciones pago el crédito y me quedo con ganancias.


Sin embargo, hacia 1928 ya algunas empresas empezaban a mostrar límites. Los precios de algunos bienes estaban bajando demasiado como consecuencia de la competencia y de la caída de la demanda. El mercado se estaba saturando, se acababan los compradores. En otras circunstancias las empresas capitalistas encuentran que el mercado mundial puede ser una alternativa para ubicar sus productos: Pero en 1929 el mundo seguía devastado por los efectos de la primera guerra mundial.
En octubre de 1929 la economía real, es decir, la producción, la industria y la construcción estaba llegando a su límite. Las ganancias de las empresas habían caído porque ya no se vendían bienes. En consecuencia tener acciones de esas empresas era un riesgo. Cuando esto se hizo evidente todo el mundo quiso deshacerse de las acciones, su valor se desplomó por efecto de las leyes de la oferta y demanda: Había mucha gente deseando vender y nadie queriendo comprar. La bolsa de Wall Street se derrumbó.
Muchas empresas quebraron. Se disparó el desempleo y muchas personas no fueron capaces de pagar los créditos a los bancos. Los bancos tomaron posesión de las viviendas hipotecadas pero, nuevamente, no había nadie en condiciones de atender tamaña oferta y, en consecuencia, los valores de las viviendas también se desplomaron. La industria de la construcción (una de las más importantes en la economía de cualquier país) se paralizó y los bancos, que no pudieron cobrar sus créditos, también quebraron generando más inconvenientes, desempleo y crisis.
Durante cuatro Años el presidente electo, Hoover, depositó sus esperanzas en que la mano invisible del mercado, sin intervenciones estatalistas, resolvería el conflicto y devolvería a Estados Unidos a una etapa de expansión. Pero eso no ocurrió. La crisis se transmitió a otros países como Alemania, que recibía créditos de los Estados Unidos, Gran Bretaña y América Latina. Al calor de sus efectos podemos afirmar que sin duda, la crisis capitalista mundial de 1929 fue una de las causas de la segunda guerra mundial.  


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